
Tenía yo apenas seis años, estudiaba primer grado de primaria, y a mis compañeros de clase se les ocurrió nombrarme reina de Carnaval por unanimidad. No sabía exactamente qué debía pensar o sentir una reina, de lo que estaba segura era de que vestiría un traje especial y luciría en mi cabeza una corona, la cual me pondría la reina saliente pero, porque siempre hay un pero, eso no era todo, también debía participar en la elección de la Reina de la Escuela, que se escogería mediante voto secreto y directo de todo el alumnado... ¿Adivinan? ¿Captan? Eso mismo. Sí, la propia, la misma, esta que escribe, ricitos de oro, la chiquita catira, la tímida, la niñita de primer grado fué coronada el día de la gran fiesta, celebración que tuvo la particularidad de mostrarnos a todas vestidas de "llaneras", con flores en la caeza, faldas estampadas repletas de vuelos, alpargatas bordadas, etc. Conservo la foto en blanco y negro; allí estoy, sencilla, sonriente, inocente, rodeada de las muchachas que compitieron ese año.
Estaba en segundo grado y mis compañeros insistieron en que yo debía ser nuevamente la reina; seguía siendo inocente y sencilla, cero engreimiento. En esa ocasión usé disfraz de "dama antañona" y me tocó coronar a la reinita (creo que de tercero) de ese Carnaval. Fuí Reina de la Escuela por un año. También conservo fotos.
Tercer grado: reina por tercera vez. Inocente, ingenua, sencilla, sin engreimientos. Mi disfraz fue de Mexicana, con traje importado, bello, regalo de una de mis tías trotamundos.
Cuarto grado. LLegó el momento de escoger candidatas. Esperaba que no me nombraran entre ellas, pero lo hicieron. La maestra se negaba a que por cuarta ocasión llevara la testa coronada y empezó la tensión. Palabras iban, palabras venían de su bocota y ¡ZAS!, algunos alumnos empezaron a corear no solo su favoritismo por otra niña, sino su rechazo por ese pobre ser de apenas 9 años que no tenía culpa de que sus compañeritos la quisieran. La brutal maestra no supo disimular su rabia y permitió que por un buen rato gritaran: "¡ARRIBA FULANITA! (la otra) ¡ABAJO VALENTINA! (yo). Fue traumático, vergonzoso, horrible; todavía puedo recordar la escena, los gritos, el desgraciado coro, la expresión de la cruel señora educadora ; apenas entonces descubrí lo que significaba ser una reina y no logro encontrar en mi memoria de que me disfracé ese amargo Carnaval.
Años después, siendo toda una mujer adulta, en un acto de despedida de la escuela donde se reunieron ex-alumnos y antiguos maestros, la odiosa señora me mostró nuevamente su gratuito desprecio: estaba esta servidora cámara en mano, guardando para la historia imágenes de tan encantador acto con el fin de armar un album que obsequiaría a la homenajeada, y la fulana se acercó, se paró justo delante de mi a escasos centímetros, dándome la espalda. Permaneció larguísimos segundos allí, estúpidamente inmóvil, necia; pensé decirle cuán maleducada era, pero preferí ignorar su desfachatez. Hice como si no existiera, como si ella no mereciera mi atención, como si nunca hubiera formado parte de mi vida... Se retiró y no la ví más. Ella, con el alma rojita, que hoy día si es que aun existe, estaría de parte de los rojos mandoneros, seguramente aplaudiría que el auto-nombrado "rey del país al revés" pretenda ocupar el trono para simpre.

