Raquel, harta de tanta irresponsabilidad, expulsó al marido del hogar. El llevaba tres años y medio haciendo lo que le daba la gana; ella, diplomática, seria, educada, le recordaba sus ofensas, errores y deberes una y otra vez, pero él, ¡nanai nanai!, fresco, tranquilote, no le paraba; cuanto decía Raquel le entraba por un oído y le salía por el otro, hasta que llegó el día en que la mujer le dió un ultimatum: "Te vas ¡YA! o te denuncio y terminas preso" "¡Y de que me divorcio, me divorcio!"
El tipejo, asombrado, con el rabo entre las piernas, fué corriendo a pedirle auxilio a los amigotes; ellos, tan sinverguenzas como el marido de Raquel, armaron un plancito para que la sufrida señora quedara ante el mundo como una bruja malvada y el hombre como una pobrecita víctima de su esposa.
Casi todos los familiares, amistades, conocidos -y desconocidos-, se pusieron de parte del esposo, con la pretención de que lo aceptara de nuevo en casa, y entonces empezaran los trámites de la separación "legalmente", sin "violencia" por parte de la doña pues, despues de todo, estaban casados y las cosas había que "hacerlas bien desde el principio".
Raquel no dió un paso atrás; ella conocía la calaña del conyuge y de sus nuevos "socios", metidos hasta el cuello en honduras muy turbias, y por otra parte no estaba dispuesta a ser cómplice de sus fechorías.
No se dejó convencer. El marido envió emisarios y ella siguó firme porque sabía que tenía la razón.
Raquel está divorciada.
viernes, 3 de julio de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
