Tiempo atrás, después de muchas invitaciones recibidas mas no cumplidas por mi parte, decidí asistir al acto de apertura de una exposición de pintura de un conocido. Consideré que era suficiente de tanto rechazo debido a que soy una especie de ermitaña, no muy afín con las reuniones públicas y sociales. El brindis estaba pautado para un domingo en la mañana, en un museo bastante cercano a casa. Tal como acostumbro, vestí acorde con mi estilo, mi comodidad y la ocasión; llevé un traje recto con canesú muy original a dos piezas cruzadas al frente y rizado en los hombros; el largo a media pierna y aberturas laterales; estampado en flores sencillas dibujadas en suaves tonos de lila y aguamarina sobre fondo blanco ...una de mis creaciones exclusivas; calcé elegantes sandalias blancas y combiné con bolso pequeño tejido, en un tono crema con apariencia brillosa. Completé con joyas de fantasía, y anteojos para protegerme del sol intenso de ese día caluroso de Octubre. Arregle mi melena rubio-oscuro y partí.
La madre del pintor me había dicho que no faltara porque un tenor amigo de su otro hijo -pianista- se presentaría, y que ambos darían un pequeño concierto.
Llegué, busqué a la señora progenitora del artista y ella me llevó por acá y por allá, presentándome a un gentío; daba a conocer mi nombre y mi profesión, relacionada con el mundo de la creación; algunos ya me conocían por mis créditos en las obras de la dama.
Estaba presente el embajador de cierto país y un joven que ejercía un importante cargo en la embajada del cual no recuerdo el título.
Soy pésima para "socializar" en tales eventos... no van conmigo... no me gustan... soy ermitaña, repito. En cierto momento, se anunció el programa que seguirían, dijeron el nombre del tenor y ¡ZAS!, supe de quien se trataba. Traté de encontrarlo entre la multitud, pero fue inútil.
La mamá del pintor me llamó para introducirme a un pequeño grupo y hacer nuevas presentaciones; allí estaba el joven de la embajada con su esposa y un señor flacucho y pretencioso. Dijo mi nombre, anunció mis créditos profesionales y me dejó íngrima y sola con aquellos tres desconocidos. Traté de incluirme en la conversación, pero el flaco no me lo permitía y me lanzaba miradas de reojo como dando a entender: "Oye, entrometida, tú no tienes nada que hacer aquí, ¡LARGATE! , lo que digas no nos interesa... Buscate a otros que yo estoy con estas personas importantes y me estorbas"... su manera de expulsarme fué entregarme una tarjetica de presentación, decirme que llamara el lunes y hablara con su hija escritora para que ella me informara si había posibilidad de que yo realizara algunas creaciones para ella... ¿CREYÒ QUE ESTABA BUSCANDO EMPLEO? ¡¡¡CREYÓ QUE ESTABA BUSCANDO EMPLEO!!!... Lo hizo para humillarme...
Caminé entre la gente, observé, tarareé canciones en murmullos, firmé el libro de visitantes, y en cierto momento crucé palabras con alguien más que la dama-madredel pintor me hizo conocer: una emperifollada señorona que quiso saber más acerca de mi trabajo pero, cuando le describí mi insólita obra más reciente -un par de alas gigantes de plumas verdaderas que usaría un actor en cierto film-, ambas quedaron boquiabiertas, incrédulas -como si algo así fuera imposible-, mudas, con los ojos cual entrada de catedral; dieron media vuelta y me abandonaron.
Al paso del tiempo, en mi recorrido solitario, me enteré que todos estaban a la espectativa de la presentación del famoso tenor; comentaban acerca de él, anhelaban escucharlo, aplaudirlo. Yo seguía tratando de hallarlo; seguramente sería la única persona que no me daría la espalda en aquél recinto repleto, en su mayoría, de gente engreída que me rechazaba sin que yo supiera el porqué... ¿Mi indumentaria?... No creo; era sencilla, elegante y exclusiva... ¿o tal vez por eso mismo?... Bueno, casi todas las féminas llevaban pantalones, inclusive, jeans...
Mi suerte cambió. A lo lejos pude notar al tenor; acompañado del joven de la embajada y su esposa. Estaba de espaldas; me acerqué, toqué su brazo, él se sorprendió, volteó y exclamó: "¡HOLA, ....(VALENTINA)... !" Me dió un fuerte abrazo y preguntó acerca de mi presencia allí. Le expliqué. Resultó que ambos conocíamos y teníamos amistad con la familia del pintor, sin saberlo. Conversamos un instante, se acercaron el pianista y su mamá y quedaron estupefactos con las casualidades de la vida. Dichosa, aliviada, felíz, educadísima, diciendo "Permiso, nos vemos luego", me aparté diplomáticamente para que el cantante siguiera compartiendo con la pareja de embajadores.
Los aplausos y los "¡BRAVO!" para los concertistas retumbaron en el edificio desde todos los pisos. ¡Fué espectacular!; la muestra de pintura, bellísima. Yo, por mi parte, luego de haber sido tratada como un estorbo, como una intrusa, tuve la satisfacción de darme el lujo"codearme" con el admirado tenor, de tratarlo de tú a tú, de sentir que es como de la familia... de que ante las miraditas de envidia de muchos, se acercara a conversar conmigo a preguntar por mi gente y enviarles saludos... de poder despedirme de él con un "¡Hasta luego!"...
lunes, 28 de diciembre de 2009
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